Ayer se constituyeron las Cortes de Aragón con una nueva composición consecuencia de las pasadas Elecciones Autonómicas. El electorado aragonés ha decidido un cambio de ciclo político, configurando un nuevo mapa más escorado a la derecha, infligiendo un duro castigo a la parte mayoritaria del gobierno de coalición centro-izquierda que gobernaba nuestra Comunidad Autónoma. Las nuevas Cortes se constituían con su ritual democrático habitual.
Una novedad con relación al inicio de otras legislaturas, en la calle decenas de jóvenes increpaban la clase política, cuestionando su representatividad, manifestando no sentirse representados en unas instituciones a las que miran con recelo.
Para los que hemos conocido los estertores de una dictadura, la lucha por las libertades y la consolidación de una democracia que mejoró sustancialmente la situación anterior, no es fácil asimilar estos asedios a los parlamentos. Somos muchos los que hemos crecido personal, política y sindicalmente con un enorme respeto a lo que la ciudadanía decide por medio de las urnas y nos chirría ese insistente “no nos representáis”, dirigido sin matices a los recién elegidos por las urnas.
Pero nos quedaríamos con una visión parcial si no consideráramos algunas cuestiones. Cientos de miles de jóvenes no tienen empleo. Otros cientos de miles lo tienen en precario y con unas condiciones laborales y salariales miserables. Unas generaciones en las que conviven jóvenes extraordinariamente cualificados con otros muchos expulsados tempranamente de un sistema educativo caracterizado, entre otras cuestiones, por no ser capaz de superar unas altas tasas de fracaso escolar. Las viviendas, a pesar de la crisis del sector inmobiliario, siguen siendo inaccesibles para los jóvenes. Y todo esto aplaza de forma indefinida sus posibilidades de emanciparse.
Se ha hecho realidad lo que hace no demasiado era tan solo el temor de que nuestros hijos llegaran a vivir peor que sus padres.
La crisis golpea con dureza y lo hace más contundentemente contra los más débiles y desposeídos. Hemos asistido, entre una mezcla de incredulidad, perplejidad e indignación, al surrealista espectáculo de cómo se utilizan ingentes recursos públicos en ayudas a los sistemas financieros o a grandes corporaciones multinacionales, responsables en gran medida de todo el desaguisado.
Hemos constatado como lejos de reflexionar y corregir sus métodos especulativos, las grandes corporaciones, los grandes bancos, aumentan sus beneficios y reparten dividendos o aumentan los beneficios económicos de sus gestores. Los que propiciaron esta ruina, han salido indemnes e imponen su ley del máximo beneficio con el mínimo esfuerzo de forma inmisericorde. Las pequeñas empresas cierran y las grandes reducen plantillas; sus trabajadores van al paro. Los autónomos lo pasan mal y no tiene faena o trabajan bajo mínimos en el último eslabón de una interminable cadena de subcontratas. Las administraciones no pagan….
Los partidos políticos mayoritarios, demasiado a menudo, hacen ofertas electorales orientadas más por sondeos de expectativas de sus votantes, manipulándolas con sus con propuestas demagógicas o calculadamente ambiguas, que por las necesidades reales de la ciudadanía. La amarga experiencia que estamos viviendo es que ni siquiera las ambigüedades sirven para ocultar una realidad cruel; mandan más los mercados, con políticas impuestas desde ámbitos europeos, desde instancias que no han sido elegidas por los ciudadanos y que se imponen sobre las voluntades de los pueblos. Esto pone sobre el tapete el tremendo déficit democrático de los regímenes occidentales que presumen y se permiten dar lecciones y certificados de democracia a lo largo y ancho del globo terráqueo.
Algunos hablan de un auténtico golpe de estado a la democracia asestado desde los “mercados”. Esto tal vez pueda parecer excesivo. Pero desgraciadamente, aumenta la sensación de que resulta difícil encontrar las diferencias reales entre las propuestas y las prácticas de los grandes partido. Peor todavía, se generaliza la idea de que en última instancia da igual unos que otros, porque ganen los amarillos, los azules, los naranjas, olos rojos, los que de verdad gobiernan no se van a sentar en los escaños, van a dirigir las políticas desde lujosos despachos y bajo la lógica de unas depredadoras ansias de crecimiento sin límite del beneficio propio.
Esto degrada ante las gentes la imagen y dignidad de los políticos, mucho más allá de lo que nos transmiten los jóvenes que se rebelan y acuden a las plazas o van a la entrada de los parlamentos. Si añadimos los desgraciados casos de corrupción, la cantidad de imputados que han participado en listas electorales…… y que han salido elegidos, le sumamos la interesada generalización impulsada desde algunos medios de comunicación y una sociedad a la que no ha interesado educar en los matices, a la que se ha imbuido en las falsas expectativas de enriquecimiento fácil y rápido, el sobre dimensionamiento del valor de lo material y unos cuantos etcéteras, podemos empezar a entender algunas cuestiones.
Comparto la molestia que a muchos produce el trazo grueso con el que se realizan algunas movilizaciones de estos últimos días. Soy incapaz de comprender algunas de las cosas que se hacen o se dicen. Me preocupa que bajo una legítima reivindicación de más democracia asomen en ocasiones tics autoritarios. No me parece inteligente proponerse cambiar los cimientos de esta mundo, sobre los que construir un mundo mejor, y pretender hacerlo desde la exclusividad del movimiento de unos ciudadanos, por mucho apoyo que parezcan suscitar, sin buscar alianzas en todos los sectores dispuestos a caminar en la misma o similar dirección renovadora, regeneracionista.
Pero no debemos confundirnos. El problema no está en que se porten pancartas alrededor de los parlamentos, cuestionando todo lo que se percibe como constitutivo del sistema. El problema no está en esos jóvenes hartos, que prefieren manifestar su cabreo junto al de otros y probar a cambiar las cosas, antes que quedarse en casa o en el banco de un parque cultivando su frustración y aumentando una rabia estéril.
A mi me gustan esos jóvenes, aunque a veces no me gusta lo que hacen. El problema no está en la indignación, justa indignación, sino en lo que la provoca. El problema reside en un sistema que lo que mejor reparte entre los más débiles es una profunda, tremenda, injusticia. Y en el morro, monumental morrazo, que tienen los más privilegiados, a los que parece importarle tres… pepinos, la suerte y el futuro de nuestra juventud, de nuestras gentes.
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